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Capítulo 7: Punzadas en el estómago

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Psicosomatizo demasiado. Estoy cagada de miedo tras el beso. Literalmente. Y necesito ir al baño. -¿Estás bien, Nico? -me pregunta Mamen. Niego con la cabeza. -No, no me encuentro bien. Me duele el estómago. -Salgamos afuera. Sé que necesito aire fresco así que le hago caso. Veo a la mujer de la puerta que me sonríe con complicidad. No estoy para sororizar ahora mismo y lo ha debido notar. -No me vomites en la puerta, ¡eh! -me dice. Mamen me sujeta el cuerpo. Me duele tanto el estómago que camino doblada.

Capítulo 6: El bar Coyote (segunda parte)

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-Raúl, me meo. Acompáñame al baño -le pido a mi amigo. Raúl está bailando como un descosido a ritmo de Mónica Naranjo mientras a mi me duele la vejiga. -¿También quieres que te baje las bragas para que hagas pipí? Le miro con odio. -Tienes que empezar a dar pasos tú sola. Empieza por los que van de aquí al baño. -Pero... ¿y si me habla alguna chica? -¡Pues le hablas tú también! No tengas miedo, no te van a violar. Cojo aire hasta que llena mis carrillos y lo expulso con violencia. Qué manta de hostias le metería a Raúl alguna vez.

Capítulo 5: El bar Coyote (primera parte)

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Nunca me ha gustado arreglarme. Bueno, mejor dicho, nunca me ha gustado arreglarme para algo. Arreglarme para una boda. Pánico. Arreglarme para salir a un sitio pijo. Terror. Arreglarme para Nochevieja. Infarto de miocardio. Me gusta arreglarme, pero necesito pensar que es para alguien, no por algo.  Por eso, ahora estoy frente a mi armario abierto de par en par sin saber qué ponerme para salir a un bar de lesbianas (me muerdo el labio cada vez que lo digo, como intentando devolver esa palabra a la más profundo de mis entrañas). ¿Qué me pongo? ¿Cómo se supone que viste una lesbiana? Descubro que no tengo ninguna camisa a cuadros en mi raquítico ropero y me siento estúpida por caer en el tópico más básico.  Oigo que suena el portero automático. Debe ser Raúl. Sube por las escaleras y mi madre le abre la puerta de casa. Dos besos, halagos mutuos. A mi madre le cae muy bien Raúl.  -¿Estás yendo al gimnasio? Te veo como más fuerte, ¿no? -le pregunta mi madre....

Capítulo 4: La palabra L

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No la he vuelto a ver. Aquel día llegué con una sensación agridulce a la facultad. Por aquel arranque de valentía y lucha a contracorriente que me asaltó acabé llegando tarde a clase. Localicé a Raúl y me senté detrás de él porque era el único asiento libre que quedaba cerca de mi amigo. Mientras avanzaba por el pasillo de clase me miraba y movía la cabeza asintiendo para preguntarme qué tal había ido la cosa. Yo negué con la cabeza y me senté a su espalda. Cuando se acabó la clase se giró rápidamente y me preguntó. -¿Qué ha pasado?

Capítulo 3: El parto

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Una vez la chica del metro se sentó junto a mi. Casi se me salió el corazón del pecho. Incluso ahora mientras lo recuerdo estoy empezando a tener palpitaciones.  Yo había encontrado un asiento libre en nuestra zona del vagón y me lancé a él. Había salido a correr el día de antes después de mucho tiempo sin hacerlo y no podía con mi vida ni con mis muslos. Estaba tan cansada que me daba igual si la chica del metro subía o no.

Capítulo 2: La chica del metro

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Lo que no recuerdo muy bien es cuándo me fijé en esa chica. Simplemente, un día la vi. Bueno, ya la había visto varias veces antes, como parte de ese elenco de extras que me acompañan todas las mañanas en el metro y que me dan cierta sensación de seguridad y hasta familiaridad. Pero un día, no sé cuál, la miré.

Capítulo 1: La rendija

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Recuerdo cómo le conté a Raúl que creía estar colada por una chica. Estábamos en la biblioteca de la Facultad. Ambos cometimos la insensatez de querer convertirnos en periodistas y desde que nos conocimos durante el primer día de carrera ya no nos hemos vuelto a separar.